17 abr 2010

Biografía a 9 manos/ voces

Ana Victoria Catania nació un día de mediados de octubre del año 1977 en el barrio porteño de La Boca. Hija de un comerciante de electrodomésticos, de origen napolitano, y de una costurera oriunda de un pueblo del sur de Polonia, realizó sus estudios primarios y secundarios en escuelas barriales, donde compartió el aula con algunos alumnos que a la postre y, al igual que ella, se convertirían en destacados representantes del mundo artístico local e internacional. Ya de muy niña, Ana Victoria, encandilaba a sus docentes con sus manifestaciones artísticas frente a todo el alumnado. Sus largas e intrincadas trenzas y su notable aspecto varonil, producían una combinación muy llamativa para la audiencia de sus espectáculos.
Siempre mascando chicle desfachatadamente, luciendo sus habituales jeans gastados y agujereados, empezó a escalar posiciones dentro de la escena local hasta convertirse en una verdadera comediante. La televisión no era su medio, así que influenciada por su pater napolitano, decidió audicionar para un comercial radial, del cual fue elegida para interpretar la famosa voz croquelada del ¨Fumar es perjudicial para la salud¨.
Ella no podía creer en su suerte. Se preguntaba, ¿cómo una frase tan simple la había llevado a dar el gran salto? Anteriormente, había recitado a todos los clásicos de memoria, con interpretaciones dignas de admiración por parte del entorno artístico. Había trabajado con pasión y esmero para convertirse en una gran actriz dramática. Pero, sorpresivamente, la fama había llegado de la mano de una publicidad que el gobierno de la ciudad lanzara con el fin de instaurar la ley que prohibía fumar en espacios cerrados. Al principio, trató de autoconvencerse que esto la ayudaría a darse a conocer; pero cuando se percató que sólo era convocada para decir, con su particular voz: Fumar es perjudicial para la salud, comenzó a caer en una profunda crisis depresiva.
Sus compañeros no sabían cómo contenerla, y cayeron en la cuenta que este era un caso de ayuda profesional el día en que llamaron a su casa y, al contestar el teléfono, ella pronunció la terrible y fatídica frase: Fumar es perjudicial para la salud. Y esto no es todo. Sino que además, comenzó a reproducir mecánica e incesantemente slogans de todo tipo, tales como ¨poderoso el chiquitin¨, el cual repetía al cruzarse niños por la calle. Sus hermanos mayores decidieron que lo mejor para ella sería entrar en una institución ¨amigable¨ donde la ayudarían a superar el karma de los slogans. Un 16 de septiembre de principios del 2000, ingresó en la sala 4 del Hospital Borda, donde viviría los que serían los siete años más felices de su vida. En la radio apodada ¨La Colifata¨, la cual transmitía desde el nosocomio, Ana se destacó desde el comienzo. Hasta el día en que Lalo Mir, prestigioso locutor de radio, la escuchó y la invitó a sumarse a su programa matutino como columnista. De ahí en más despegó definitivamente, a punto tal que destronó a todos los cómicos del Stand Up porteño. Hasta la trágica noche del bicentenario a la que había sido invitada: creyéndose Alfonsina Storni, la humorista treintañera originaria de La Boca se ahogó en el inodoro del edificio de la esquina de Callao y Riobamba, donde 800 personas habían concurrido sólo para ella.

11 feb 2010

Obstáculos para un beso de reencuentro

Imagínense esta historia en cámara lenta. Cuadro por cuadro. Pueden cerrar los ojos mientras se las relato. Elegir la banda de sonido que la acompañe, incluso.

Jota está volviendo de París luego de tres semanas, donde expuso sus últimos cuadros, dio charlas a noveles artistas, y quién sabe qué nefastas actividades pseudo intelectuales más. El avión está aterrizando en Ezeiza en menos de 20 minutos. Es una fría madrugada de junio y L. lo espera un metro detrás de la valla que separa a los que vuelven de los que están. Se la nota nerviosa, abrigada por su nueva bufanda amarilla que cubre el mentón y gran parte de sus labios carnosos. Se acerca las uñas a la boca, saltando el esmalte negro de su dedo gordo. Lleva anteojos de ver de marco más bien grueso (no sea cuestión que no lo reconozca con tantos nervios que suelen ser engañosos por demás). Pensar que se vieron unas seis… Perdón, me corrijo, unas siete veces, si contamos la fiesta de disfraces que organizó la compañera de oficina de L., donde el destino los cruzara.

Allí apenas pudo apreciar los exóticos rasgos árabes de Jota, debajo del maquillaje de mimo y de la creciente borrachera a medida que las horas transcurrían entre risas nerviosas, mentiras piadosas, pícaras manos danzarinas, y baile desenfrenado. Y qué decir de la tercer salida que fuese interrumpida intempestivamente a los diez minutos de llegar al restaurante tailandés, lo cual obligara a Jota a retirarse y a disculparse por las próximas 48 horas mediante mensajes de texto, mails y flores a la oficina. L. nunca sabrá que ese llamado provenía de la ex novia de Jota, quien estaba de visita sorpresa en Buenos Aires, tras su obligado exilio laboral en Miami. Tampoco se enterará que esa noche Jota durmió con su ex por última vez.

Anuncian la llegada del vuelo A397 de Air France proveniente de París. El aterrizaje es inminente y la ansiedad aumenta. ¿Pueden sentir sus latidos descontrolados? ¿Reconocen la rigidez de su postura, el tic nervioso al acomodarse el flequillo por undécima vez? ¿Llegan a percibir el ceño fruncido forzando la vista para obligarse a ver más y mejor, a pesar que lleva puestos sus anteojos (y es muy probable que se haya olvidado de ello)? La vemos sacar el celular de su bolso de cuero negro, chequear la hora, releer el último mensaje que le enviara Jota unas tres semanas atrás luego de despedirse en la puerta de su edificio.

Las puertas automáticas se deslizan y puede vislumbrarlo a lo lejos, gracias a su altura y su cabellera negro-canosa. Él parece haberla reconocido (o eso quiere creer ella) porque en ese exacto momento donde el tiempo parece detenerse, Jota esboza una tímida pero segura sonrisa. Pero cómo estar convencida de lo que vio si no lleva los anteojos puestos. ¡Ah! ¡Sí! Los tiene… y Jota es él, es Jota: allá a los lejos lo siente tan cercano.

Las puertas vuelven a cerrarse, en cámara lenta y la espera se prolonga.

“Están haciendo el control por la gripe porcina, ¿vió? Les sacan una foto con esas camaritas infra o ultrarojas, yo qué sé. La cosa es que les lee la temperatura corporal. Si tienen 38 o más… vaya a saber uno dónde los meten. Mi cuñado me contó que volviendo en el Buquebus de Colonia…” L. se sobresalta ante la voz de un señor mayor a sus espaldas, que le zumba como un mosquito al oído, lo cual la obliga a darse vuelta mientras su cuello hace ¡crac! Mira con desinterés sus labios parlanchines, asiente y vuelve a fijar la mirada al vidrio que poco deja ver.

Las puertas vuelven a abrirse (¡por fin!) y de a dos, de a tres, van atravesando la frontera los que llegan, los que vuelven. Ahora las imágenes se suceden aún más lentas, obligando a L. a reparar en detalles insignificantes, que desvíen su atención y disimulen sus indisimulables nervios.

Primero repara en esa mujer de más de cincuenta, vistiendo (demasiado) ajustados jeans azules; luciendo gafas negras Chanel que resaltan su incipiente cirugía de nariz y las aplicaciones de botox en sus mejillas. Carga equipaje de renombrado logotipo italiano y tres bolsas del freeshop completamente llenas.

Luego su mirada se posa en un pasajero japonés de mediana estatura: prolijo, impecable (como si nunca hubiese viajado 12 horas en un avión), vistiendo un traje falto de arrugas, zapatos negros que brillan a la distancia, mientras carga dos portafolios de cuero fino (tan fino que casi puede sentir el olor desde donde está parada). A L. se le antoja un personaje de una novela de Murkami, su autor favorito de la últimas década.

Aparece detrás una joven que acusa su misma edad, con una mochila que encorva levemente su espalda (como si la misma formara parte de su cuerpo desde semanas, incluso meses). Lleva puesto un pulóver de telar andino, unos pantalones violetas muy llamativos que le hacen gracia a L. (sin saber que en sus vacaciones de verano en Bahía, Brasil, comprará a un vendedor ambulante el mismo pantalón, olvidando por completo a la mochilera europea); el pelo rubio-anaranjado recogido en un enorme rodete, los cachetes rosados, y una guía de Buenos Aires en mano. Rápidamente se le adelanta a la cincuentona, que camina a paso relajado como si el Rivotril aún surtiese el efecto sedante deseado. L. quiere recordar, retener en su retina estos detalles, y olvidar, pues, los nervios; desentenderse de las manos que comienzan a humedecerse de sudor frío.

Asoma (en lo que pareció una eternidad) la cabeza de Jota que luego deja ver su cuerpo alto y delgado, pero L. no puede reparar en lo que lleva puesto (podría haber salido de allí completamente desnudo que hubiese sido igual). Lo ve más alto, más Jota que nunca: tan claro, tan nítido. Los anteojos no fallan. Pero él parece no haberla visto (¡¿cómo puede ser, si cuando aún no había atravesado la puerta su sonrisa se había posado en ella?!). No mira en su dirección, no mueve su rostro hacia el costado, sino que camina recto, la vista hacia delante, luchando contra el peso de las valijas que lo obliga a tambalear su bolso bandolero.

L. amaga con levantar el brazo para ensayar un saludo a lo lejos, pero el mismo llega a la altura de su pecho y se frena de golpe. El señor mayor ha pasado de estar detrás suyo a colocarse delante, y ella apenas pudo percibir semejante cambio de locación. Finalmente Jota gira la mirada hacia el costado y le sonríe inmediata y naturalmente, como si siempre hubiese sabido que L. estaba allí esperándolo, lo cual la obliga a desviar tímidamente su mirada hacia abajo y elevar la mano hacia el hombro, ahora, y regalarle un saludo de bienvenida.

Jota camina hacia ella, entre pasos rápidos y movimientos lentos. A escasos dos metros de acercar su boca hacia la de L, se interpone en su camino la esposa del señor mayor, quien evidentemente ha hecho este tramo mucho más rápido de lo que sus sexagenarios pies puedan ir, y su esposo se entrega a su encuentro. Se abrazan, se sonríen y se dicen cosas que L. no puede ni desea escuchar. Está sorda, desconcertada, estupidizada. Jota ya no parece tan alto, tan él. Se ha desvanecido de su campo de visión. ¿Dónde está? Ha desaparecido de la pantalla. No está más. Se fue. ¿O es que nunca estuvo?

En cuadros cada vez más lentos que se superponen, la imagen de la adorable pareja entrometida se sale de foco y lentamente la imagen del abrazo desaparece en la imaginaria neblina. Y es así como Jota vuelve a ocupar totalmente la visión de L., y la de ustedes, mis queridos lectores espectadores. La felicidad es indisimulable, entonces el cerebro envía señales al cuerpo, invitándolo al relajo y a la entrega. Las bocas se buscan, cada vez más cerca, más cerca, más…

Los párpados caen rendidos y las palpitaciones se aceleran, los músculos se alivianan y L. flota, flota, flota… La pantalla se tiñe de negro con una titilante luz amarrilla en el centro, casi imperceptible. Le zumban los oídos como nunca antes: tuuuuu…

Los ojos se abren de golpe, en lo que pareció una milésima de segundo, de esos que se sostienen en el tiempo como un do o un re sostenido en el pentagrama. Ahora la luz amarrilla cubre gran parte de la pantalla, expandiéndose hasta encandilarla. “¿Dónde estoy?”, se pregunta L. (sin saber si para ella misma o si esas palabras son producto de sus afónicas cuerdas vocales). No sabe bien qué o a quién buscar, qué respuesta esperar. Sigue flotando.

“Señorita, ha sufrido un desmayo. No trate de incorporarse de golpe. Quédese un rato más así”. Dos cabezas hacen sombra a la intensa luz, pero L. no reconoce voces, ni ojos ni caras. Sólo se entrega a sentir esos labios (unos minutos antes tan esperados, tan deseados), que se encuentran con los suyos sellándose en un beso de bienvenida. Finalmente han llegado a destino.

14 ene 2010

El edificio




Día 1

Esta tarde se mudó la chica del 5 C. No tan chica, en realidad. Deberá andar por los 40. Me presenté en el ascensor y muy cordialmente le dejé mi tarjeta. “Nosotros tenemos mucho en común”, soltó con una risa pícara mientras me sonreía con esas pestañas larguísimas cubiertas de rimmel. Pero de algo estoy seguro: no es colega. Porque mientras la ayudaba a abrir la puerta de su departamento (venía cargando unas bolsas de supermercado), miró de reojo el tomo 13 del Amorrortu que llevaba bajo el brazo y lanzó un gritito que casi me perfora el tímpano “¡Ayyy! Este Frieud… para él todo, todo tenía que ver con el secso”. Dejó las bolsas en el piso y se acomodó las tetas por debajo del corpiño de encaje negro. Sólo después me dio las gracias.

Día 2

Juan trajo hoy un póster del Che, ese que ilustra la publicidad de una marca de vodka (uno ruso… que termina en “snoff”, creo). Insistió en ponerlo en una de las paredes (ya le dije que no lo hiciera en la de los graffitis del alemán que se quedó el verano pasado. Es el único recuerdo que tengo de él). Obvio que lo saqué cagando: ¡desde cuando le va eso de transar con el sistema usando la imagen del revolucionario! Se prendió un porro y, todo excitado, me contó que esta mañana se cruzó en el ascensor al tipo pelado con barba del 5 B. “Sí, ¿y?” “¡No sábés! Estaba tratando de levantarse asquerosamente a la nueva vecina”. Yo sabía que mucho título, mucho master, pero todo un pervertido el viejo.

Día 3

Esta noche tengo que traerme los almohadones rojos de plush de la Negra, que me los dejé olvidados con la mudanza. Hablé con uno de los vecinos (un tipo pelado y con barba). Por suerte me contó que usa el departamento sólo de mañana y tarde. Es su consultorio y el lugar donde duerme siestas entre pacientes. El del 5 A ni se siente, porque cuando fui a sacar la basura anoche, lo vi parado en medio del pasillo: inmutable. Lo saludé y se quedó mirándome fijo, sin hacer gesto alguno. Un pibe de unos 20 años, un raro, un freak. Lo único que me preocupa del departamento nuevo son las palomas que parece se instalaron en el balcón. Algunas incluso no me dejan dormir, golpeándose contra el vidrio (las muy estúpidas). Sólo espero que no me espanten a los clientes.

Día 4

Hay días como hoy, tan grises y nefastos, que mi existencia se mezcla con la levedad del aire con el cual intento (con)fundirme. Para que nadie me vea, me busque, me necesite, me reclame, me pregunte incansablemente cómo estoy desde aquél fatal día (día que decidí borrar de todo almanaque, día fuera del tiempo). Esta madrugada salí al balcón, producto del insomnio que ya me tiene acostumbrado, sumado al molesto revolotear de las palomas en el balcón de al lado. Encendí un cigarrillo y me deje encandilar por las luces de la ciudad. La ví asomada, a mi costado, vistiendo una bata de seda (una seda ordinaria pero que aún le hacía mérito a sus hermosas curvas). Fumaba un cigarrillo con la elegancia de una geisha y el humo subía por su blonda cabellera. Su mirada perdida, fija en la nada, me hizo sentirla cercana y cómplice de mi acto. En ningún momento me miró ni se percató de mi presencia (¿estaré muerto ya?).

Día 5

- Sí, buenas tardes. ¿Podría hablar con Fernández, señora?

- Por supuesto. Enseguidita le paso

- Muchas gracias

- ¡¡¡Viejoooo!!! (la “o” se desliza en un grito que parece no terminar)

- Fernández, ¿quién le habla?

- Buenas tardes, soy el Dr. X, del 5 B…

- Ah, sí, sí, doctor ¿Cómo le va? Espere que bajo el volumen del televisor (¡Che, Viejaaa, querés hacerme el favor de bajar el volumen que no se siente nada!). Sí, ahí mejor. Dígame doctor…

- Miré… me preocupa la siguiente situación. Usted debe saber mejor que yo que la pareja del 5 D no es exactamente... eh, como podría decirlo… mmm...... (aclarándose la garganta) un modelo en cuanto a limpieza se trata

- Sí, sí, creo entender… (con desgano)

- En fin, hace dos días, cuando despedía a una paciente de mi consultorio, vi una rata, una ratita, cruzando el pasillo en dirección a la puerta de servicio que estaba entreabierta. Y precisamente venía del 5 D. Usted se imaginará…

- Pero… ¡¿cómo no me aviso de esto antes?!

- Si, bueno, usted sabe, yo no vivo acá y mis tiempos…

- Mire, ya mismo me estoy encargando del asunto. Los de fumigación tienen que venir este mes, les voy a pedir que adelanten la visita para esta semana.

- Está bien, si a usted le parece que es esa la solución a este problema… (con un dejo de ironía en la voz)

 
- ¿Qué quiere decir? Usted piensa que además tendríamos que fumigarlos a esos dos…. Jajá. Y bueh, serán zurditos y medio locos, ¿vio?, con ese olor a marihuana, y no muy limpios que digamos… pero son buena gente.

- No estaba insinuando eso, no… ¿qué le hace pensar…?

- Estaba bromeándole, jefe. Mire, ya mismo me estoy haciendo cargo del tema. Y hablando de los vecinos, ¿qué me cuenta de la del 5 C? Eh... ¿qué me dice de ese pedazo de…

- Tuu Tuu…

Día 6

Escribo para no hablar.
No me comunico con mi voz.
Escucho el repiquetear de las palomas contra el vidrio.
Vi a la mujer más bella parada en medio del pasillo.
Le hablé con mi imberbe mirada.
Escucho los gritos de una pareja.
Siento los gatos maullar
No se callan… no callan.
Quiero callarlos.
¡Cállense de una vez!
No se callan…
Al igual que estas voces en mi cabeza.
¡¿Cuándo van a parar?!
¡Cuándo!
¡Cuán…!

Día 7

Juan vino con la noticia, como es de esperar en él. La trajo con las medialunas e hizo que me cayera mal el desayuno. Según dice, los gatos lo anunciaron (¡qué bichos inteligentes!, agregó). Tenía dos: una gatita siamesa bizca (recuerdo como si fuese ayer el día que lo crucé en el pasillo, cargándola a upa, porque se le había escapado Y la llamó Berta. Me acuerdo, sí, y un gato de esos peludos, rubios, como de dibujo animado). Lloraban con desespero y luego se pusieron a rascar las paredes. Habrán maullado como locos hasta despertar a la nueva vecina. La del 5 C. Una vez en el pasillo sintió el olor a gas y corrió a lo de Fernández. El doctor del 5 B lo ayudó a abrir la puerta a patadas, porque no había respuesta alguna (Juan y yo estábamos discutiendo a grito pelado, anoche antes de salir para la marcha de Sociales). Y allí lo encontraron, totalmente inconsciente. Pensar que hace cosa de dos años (cuando a Juan le cedieron este departamento) fue el accidente de su mujer. Nosotros llegábamos justo cuando la policía se iba y Fernández se encargó de contarnos el resto una tarde de mates junto a su esposa. Ese hombre quedó condenado desde ese mismísimo instante. Yo lo vi en sus ojos. Juro que lo vi.

Reportaje imaginario



Andy Warhol- New York, 19 de septiembre de 1981

Lo espero sentada en el lugar que habíamos convenido telefónicamente días antes, y unos cuantos largos minutos más tarde asoma con sus arquetípicas gafas de sol – burlando a la lluvia que insiste en mojar las veredas y mis botas altas –, vistiendo una polera negra de cachemira y unos ajustados pantalones de cuero del mismo color, vestuario que acentúa aún más su cuerpo delgado y levemente desgarbado. Sobresale una corbata de estridente estampado en composé con el color de su pelo que contrasta con esta tarde gris de octubre en el Upper East Side. Bajo su brazo deja entrever el último número de su revista, en la cual moriría por escribir, al menos colaborando con una pequeña nota. Supongo que a todos nos tienta la promesa de los quince minutos de fama. Se disculpa por la tardanza, regalándome su risa de niño (mezcla de insolencia, picardía y timidez) y, pidiendo una Coca-Cola bien fría, toma asiento y me invita gentilmente a comenzar. Disparo:

¿Cómo era de niño?

Me críe en una familia de inmigrantes donde siempre se trabajó muy duro para poder sobrevivir, con un padre minero que nos educó religiosamente en valores muy estrictos y conservadores. De niño me enfermé de escarlatina, lo cual me obligó a pasar mucho tiempo postrado en cama, bajo los cuidados de mi querida madre, con la cual siempre tuve un lazo muy fuerte. En estos años de niñez me aislé de mi grupo de compañeros, y desarrollé una vida más ermitaña, solitaria. Armé a mi gusto y conveniencia my own private Idaho, donde convivían mis dibujos, mi colección de imágenes de estrellas de cine, a quienes siempre admiré. Recuerdo con nostalgia esas noches en las cuales descubrí mi afición a los programas de radio y a la música. Mi infancia puede ser vista como muy sufrida, pero si la analizo desde otra perspectiva fue muy rica para mi desarrollo como artista.

¿Dónde encuentra inspiración?

En mis comienzos, solía decir que la inspiración me encontraba a mí. Sin embargo, hoy me atrevo a afirmar que en el momento mismo en que abro la puerta al mundo, encuentro inspiración en cada rincón del mismo. En las góndolas de un supermercado; en las obras de los neo expresionistas así como de los renacentistas italianos; en todo lo que sucede detrás de un show de Lou Reed y su Velvet Underground; en desfiles de modas y en el fabuloso Studio 54; en el glamour ostentoso y superficial de Los Ángeles: amo Hollywood, son todos tan hermosos y tan plásticos, que no puedo evitar enamorarme del plástico. Pero también encuentro inspiración en… no se, te diría un viejo surtidor de gas en medio del desierto del Oeste, en karaokistas orientales, en figuras emblemáticas de la política, los negocios, las artes. En fin, en todo el Zeitgeist de la cultura americana de los años que me tocan vivir: el American Dream. Nada a mí alrededor deja de asombrarme y entusiasmarme. Todo viene a mí de manera mágica.

Es usted un cultor de los objetos y útiles, ¿qué significado tienen para usted como artista?

Valoro los objetos por su utilidad y por su impacto en la sociedad de consumo en que vivimos. Percibo e investigo con mi ojo de observador curioso y protagonista activo de qué manera estos influyen en las dinámicas sociales, cómo se integran en la cotidianeidad hasta convertirse en necesidades vitales, desde un par de zapatos, a un cartón de leche o una botella de Coca Cola (señala la que tiene frente suyo). Yo tomo Coca-Cola, tu tomas Coca-Cola, el presidente toma Coca- Cola… y hasta Liz Taylor lo hace. Este hecho nos une e iguala a todos, demostrando que cada individuo puede acceder a dicho objeto… pero no por ello deja de ser un algo único y especial. Podemos pensarlos como objetos impersonales, se me ocurre un billete de un dólar, pero si los observamos de cerca, si miramos micro, son objetos únicos y especiales, con vida propia. Me maravillan tanto que intento rescatar aquello de sublime y sagrado que hay en cada uno de ellos, y aspiro a convertirlos en obras de artes imperecederas y eternas.

¿Qué es una musa para usted?

Mis musas y “musos” (se ríe para sus adentros), son más que una fuente de inspiración: son una forma de vida, un estilo de conducta y una impronta estética. Mis amigos son parte de mi familia, son mi pasado y mi presente. Me hacen sentir especial y necesito tenerlos cerca todo el tiempo, por su energía, su presencia física y espiritual, y por todas las historias que tenemos para compartir y crear. Somos todos planetas alineados en una misma galaxia. Creo que se trata de algo kármico, de conexión de vidas pasadas y futuras. Los resultados de estas interacciones son tan maravillosos que trascienden el arte, ya que son parte de la vida misma… y no hay nada más poderoso, maravillosamente siniestro que esta.

¿Qué podría decirnos respecto al intento de asesinato que sufrió?

(Vacila antes de responder y bebe un sorbo de Coca -Cola. Mira sus manos que exhiben manchas blancas en la piel, mientras habla con lentitud). La línea entre la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, ha sido siempre muy delicada en mi historia personal. Así como la tragedia, la catástrofe y el desastre se cuelan en mis primeras obras. Hasta ese momento bisagra y crucial, había tenido la sensación de estar mirando la tele, como si mi vida fuese una serie o una película. Puedo decir que luego comencé a vivirla de un modo más mmm... voluptuoso, real, vivaz. No guardo rencores ni odios. Fue un evento muy desafortunado para mí y para aquellos que en ese momento y actualmente me rodean. Nada fue igual luego de ese día 3 de junio.

Su profesión lo ha llevado a relacionarse con una gran variedad de celebridades y personajes famosos, ¿hay alguien a quien le gustaría o hubiese gustado conocer?

Mmmm… (se lleva delicadamente el dedo pulgar a sus labios en pose pensativa). A Gandhi, claro. Como también a Mao, a Lenin… y a Martin Luther King. No puedo dejar de lado a Buster Keaton, Charles Chaplin y a Elvis. Me gustaría poder reunirme con Pablo Picasso en Madrid, donde también me espera el genial Pedro Almodóvar.

¿Cuál es su apreciación respecto a la aplicación de técnicas digitales en el arte?

Lo nuevo, lo moderno y la vanguardia siempre van a encontrar lugar en mi imaginario, donde coexisten el diseño gráfico, las serigrafías, las ilustraciones en serie, etc. Estoy abierto a los cruces creativos entre artes plásticas, fotografía, instalación de video, el cine, el video-clip y el arte digital. La tecnología se ha manifestado siempre a favor de mi arte, y me ha abierto nuevos caminos para explorar como sigo haciéndolo continuamente en mi obra-vida/vida-obra que trasciende la vanguardia incluso, convirtiéndose en una tras-vanguardia.

28 dic 2009

La realidad debería estar prohibida


Einstein tenía razón: todo es relativo. Porque hasta hace unos minutos (no se si te diste cuenta) temblaba de frío en este cuarto sin calefacción, sentada en el piso, la espalda contra la pared. Pero ahora que vos estás arriba mío, completamente desnudo, y yo también desnuda, no siento nada. Entonces, me entrego a tu calor y a tu capricho. Te preguntarás, ¿qué dice exactamente la teoría de la relatividad? Algo así como que la percepción depende del estado de movimiento del observador (del “sentidor”, diría yo en este caso). Me gustaría poder explicártelo con palabras más académicas o, porqué no, poéticas. Aunque estoy convencida que sería mejor que te lo cuente JL, que fue el primer amigo hombre de mis primeros años de “adulta”, que estudiaba física, hasta el día que nevó en Buenos Aires. Sucede que esa tarde salió corriendo de su casa, despojado de ropas, el pecho escrito con fibra negra (no se bien qué), así que decidieron finalmente internarlo y no lo vi nunca más. El problema de JL es que quería conocer el sentido de todas las cosas. Y yo, te soy sincera, pienso que a veces es mejor (y más sano) no saber. La ignorancia es dicha, dijo un anónimo sabio. Preferible amigarse con el misterio, con el secreto. Porque al fin y al cabo todo lo que es tal como lo conocemos hoy, será cubierto con el sedimento de mil millones de años, y así eternamente, incansablemente, hasta el hartazgo. Como el río que no deja de correr (y cuyas aguas son y no son las mismas), o como un disco rayado, o como un deja vú dentro de otro (como mamushkas de deja vús). Entonces, ¿qué sentido tiene? Yo ya no me pregunto por el sentido de mi existencia, la pregunta es tan absurda como la existencia misma. Pero no me queda otra que creer, y creo quid absurdum est. Es que justo me encontrás en esta etapa tan nihilista como mística. Imagino a Dios haciendo algo parecido a mí en este instante: mirando su propia película que, en verdad, somos nosotros mismos. Seguramente en unos años vaya a evocar este preciso momento como parte de mi película mental, junto a recuerdos distantes, maravillosos (y no tanto) de la vida que elegí, proyectado a mi placer o conveniencia. Vaya a saber uno cuándo o porqué. Quizás antes de parir los hijos que no vamos a tener, o cuándo me vuelva a perder en versos; cuando caigan las primeras hojas del último otoño, o cuando la soledad corra con ventaja. Aunque es más probable que lo recuerde mientras pretenda escuchar una charla de sobremesa que no me interese en lo más mínimo, o mientras espere ansiosa en una sala de espera; cuando disimule en brazos de otro hombre (cuyo nombre se me va a olvidar justo después), o aburrida en el baño. Y ya que tenés un lugar en mi película, dejame que te confiese algo. Hoy te mentí cuando dije que no había visto 2046. Es que me mandaste un mensaje seguido de otro, enumerando todos los títulos de la sección de cine arte, y esas me las vi todas. Entonces terminé escribiendo, entre resignada y divertida: “no, esa no la vi”. Pero era mentira. ¿Y querés saber más? Esta noche tenía ganas de ver una comedia, una simple comedia rosa con principio, nudo y final, de esos en el que los personajes se envuelven en un abrazo que dura por siempre y para siempre. Amén. Quería una historia sencilla, lineal, predecible, ya que en mi haber debo tener suficientes películas orientales o de los hermanos Dardenne. De esas que nos sumergen en lo más profundo, nos duelen íntimamente, nos ponen a prueba, nos revuelven las tripas hasta inquietarnos, y finalmente nos dejan con el cielo bajo los pies. Quería mentirme un poco, ¿como me estoy mintiendo ahora? Probablemente sí. Hoy me desperté con ganas de jugar a ser la niña que alguna vez fui, aquella que iba liviana por la vida, que creía en ficciones pero que poco le importaba que en el fondo todo fuese mentira ¿Pero de qué fondo hablo? Si en verdad no hay fondo ¿O acaso me vas a decir que vos lo tocaste? Hace unas horas, cuando bajé del colectivo y caminé la cuadra que me separa de vos, me acordé del barrio de mi infancia. Entonces regresé veinte años atrás y me vi a mi misma sentada en el cordón de la vereda: los rulos aprisionados en un rodete, luciendo un tutú rosa, y comiendo gajos de mandarina mientras leía aquel cuento sobre el emperador chino que prohibió los globos; los ojos ávidos bailando entre las páginas y las comisuras de los labios teñidas de naranja ¿Te acordás que fácil era ser chico? El desafío más grande era cruzar la vereda solo o aprender a andar en bicicleta sin rueditas (aunque por momentos pareciera tan remoto como escalar una montaña de arena). Arriesgábamos. No le pedíamos permiso a la vida. Y vos que te agazapas y te aferras en no pegar el salto. Que incluso no te animas a elegir el gusto de helado sin antes consultarme por mensaje cuál quiero, ni a que vayas a mirarme con cara de no creer cuando te diga “¡Uy no! Compraste dulce de leche que lo odio”. O que celebre besándote toda la cara porque hayas elegido menta granizada, cuando era la opción menos obvia. De chicos sólo teníamos miedo a lo desconocido, como a los fantasmas, a los monstruos, o al hombre de la bolsa. Y hoy siento que lo más cercano y familiar puede convertirse en lo más extraño y peligroso. ¿Te acordás lo que significaba confiar? Porque yo, yo ya me lo olvidé. Y cuando me abriste la puerta quise contártelo todo, escupírtelo, vomitarlo en tu cara, sentir que sos mi cómplice, que me entendés, que nos entendemos… pero no. No. Porque mis palabras se agolpan al acallarse, quedan atragantadas a mitad de camino, y se me hace un nudo en la garganta cuando sellas mi boca con un beso húmedo. Entonces ya no hay necesidad de ser quien quiero que seas, de decirnos la verdad, de develarnos. Y ahora mis labios son los protagonistas de la película: mis labios viven, sienten, y piensan por mí. Nos ensanchamos, nos convertimos en seres plásticos, cada vez más mojados, más calientes, más vivaces, más jugosos. Los vasos sanguíneos se activan, nos ponemos rojos y luego violetas; nos dejamos morder hasta sangrar levemente, hasta que tus dientes nos arranquen un poco de piel y obliguemos a la voz a elevar un gemido de placer. Nos rendimos hermosos, esbeltos, deseados y deseables, ante los tuyos. Nos movemos ágiles y rápidos, por momentos lentos y disfrutables; le damos permiso a tu lengua para que nos recorra enteros con tu saliva. Bailamos con los tuyos y los hacemos nuestros, los probamos, los cubrimos, y luego invertimos roles. Jugamos. Vuelvo en mi, me tomás de la mano y me llevás a la cocina para hacerme probar lo que cocinaste (tengo que reconocer que sos mejor cocinero de lo que yo jamás pueda llegar a convertirme). Apoyo mi cintura contra la mesada y te miro mientras me volvés a contar las mismas historias de siempre, usando las mismas palabras, con leves cambios en el tono. Quizás elijas otras personas, otros lugares, le des otro giro al final, pero siempre es más de lo mismo. Finjo interés en tu discurso como vos fingís interés en mí. Y entonces dejo de escucharte, la película se vuelve muda y sólo reparo en tus pestañas que bailan al compás de tu boca. Quiero que dejes de hablar, pero al mismo tiempo ruego que no lo hagas. El silencio no haría otra cosa que actuar como un puñal dirigido al pecho, se me clavaría en el centro y me sacudiría las entrañas de llorar. Pero mejor dejame que te lea el futuro al oído, ¿querés? Mirá el horóscopo que tengo para vos: “Marte en Escorpio le deja un desafío en puerta. Su curiosidad extrema lo lleva a tomar un nuevo camino, pero previamente elegido, donde los desencuentros se toman un descanso. Sus deseos se cristalizan en una historia de amor que viene desandando hace tiempo. Explote su espíritu vivaz, optimista y aventurero para volcarse de lleno a la persona elegida. Las dudas se disipan con una sonrisa y un beso prometedor”. Después de la cena y el vino (que invita a olvidar y a desear), de la película que volví a ver y pretendí no entender, me dijiste: “Nena, elegí la música que quieras escuchar”. Metí mis narices y mis ojos de gata curiosa entre tus discos pero no me gustó nada de lo que había. Así que terminaste eligiendo vos, y pusiste Pink Floyd. ¿Querés que te diga honestamente qué pienso? Que no entiendo Pink Floyd. Que esos temas larguísimos son intragables, que son pretenciosos (aunque seguro pienses lo mismo de mi), y que están sobrevalorados en la historia de la música (tampoco te lo tomes tan en serio, yo no se nada). Que si me vas a coger, David Gilmour de fondo no me calienta en lo más mínimo. Quizás Jim Morrison sí, pero esto definitivamente no. Pero no te digo nada, y me vuelvo a callar. Porque acordáte que todo, absolutamente todo, es relativo. Y volvemos al principio, que es en realidad el final (que es el principio), y tu cuerpo desnudo está sobre el mío. Entonces empezamos a reconocernos: ensimismados, entregados, extáticos, erráticos, elásticos, elegantes, enroscados, enrojecidos, enardecidos, enloquecidos, encendidos, en llamas. Los cuerpos bailan con ritmos gimnásticos, grotescos, grandilocuentes, gimientes, giratorios, gritantes, como en esos versos de Girondo. La respiración se acelera, al igual que las pulsaciones, acompañadas de mordidas y de lamentos. Presiono play y es como despertar de un largo sueño donde un demiurgo tuvo la tarea imposible de hacernos a su imagen y semejanza. Dios nos sueña y nos filma. Mi película mental se activa: la brisa de esa primavera que tarda en llegar y que nos besa con los labios abiertos; la arena bajo los pies en mis primeras vacaciones; las manos de mi madre; tu pelo acariciando mi espalda; aquella noche que bailamos transpirados sin conocernos; nadar desnuda en el mar un amanecer adolescente de verano; el agua de la sandía chorreando de mi boca aquellas tardes de siesta en el pueblo de mis abuelos; el vals que bailaré en mi no-noche de bodas; los bigotes de mi gato haciéndome cosquillas por la mañana; los puentes que no hemos de cruzar; la dicha de haber leído ese libro revelador; haberme perdido y luego encontrado en las calles de Praga; ese día en que me tiraré a mirar las estrellas con él, y escucharemos la música que inventamos para los dos. Y la explosión de fluidos no tarda en llegar. Entonces gritamos el éxtasis con un delicado hilo de voz y la poca respiración que nos queda. Pero no es necesario que me hables ahora, no te sientas obligado a abrazarme ni decirme esas cosas que no querés decir. No las necesito. Dejáme recuperar el aliento, dejáme estar, dejáme estarme en silencio con mis pensamientos. Como mucho, invitame a mirarte y a sonreírte. Pero borrás como una ráfaga la incipiente sonrisa de mi cara, inesperada y torpemente: “¿Sabías que cuando una mujer acaba se inhibe su capacidad de pensar? Lo leí en el diario de hoy". Me doy vuelta, miro hacia la pared y me río hacia mis adentros. ¿Sabés que pienso yo? Pienso que el que escribió eso no entiende nada de nada; pienso que los medios nos vienen mintiendo desde siempre: que el hombre nunca pisó la luna, que Elvis está vivo, que lo de las torres gemelas fue una gran farsa. Pienso que China no atacó Kamchatka. Que nadie muere en la víspera. Que uno más uno no siempre es dos, que a veces es tres o cuatro o veinte o un millón. Que entre un hombre y una mujer no hay blancos ni negros, ni mucho menos grises, sino multicolores: hay verdes, hay amarillos, hay días azulados como hoy. Pienso que el gusto de dar es muy superior al de recibir, por eso la mayoría de las personas prefiere recibir. Que lo no visible no es lo invisible. Que si “sí” es la palabra más bella de todas, entonces “no” ha de ser la más difícil y la más necesaria y, por eso mismo, doblemente bella. Que hay que desconfiar de las verdades que se dicen a ciencia cierta. Que las poesías están de camino, nos llegan, nos impactan y no se nos van más. Que no entiendo porque decimos “sinsabores” cuando son tan amargos. Que como me enseñó mi amiga S., los joggings no se usan con polera. Que yo siempre me enamoro de detalles. Que si alguien no te dejar ir, no te quiere bien y probablemente nunca lo haya hecho. Que si un amor no te llega hasta las vísceras, no merece tener ese nombre. ¿Y sabés qué pienso sobre todas las cosas? Pienso que, en realidad, la realidad debería estar prohibida.

15 dic 2009

Domar tornados




                                                                   Londres, diciembre de 2009

Querida Natu:

Hace unos días me escribiste: “¡Qué difícil arte este, el de domar tornados!” Podrías haberte referido a “domar fieras (que pueden ser tigres o panteras)” o “domar potros”, o incluso haberme dicho “torear toros”, “encantar serpientes”. Pero no: vos elegiste domar tornados. Y dejáme que te diga que yo he estado ahí. Me ha tocado en suerte ver a través del ojo del tornado, nos hemos tenido frente a frente, hemos vibrado juntos. Para luego desfallecer de cansancio y resignación ante lo existencialmente indomable. Y entiendo cómo podes sentirte ahora. Sólo siento, y peno, la distancia.

Tu frase se mareó dando mil vueltas dentro de mi cabeza una noche de insomnio y gruesas gotas de lluvia contra la ventana. Hasta que Morfeo se dio por aludido, y me arrastró al más profundo y extraño de los sueños. Estábamos en el jardín de tu bobe, sólo que no era el barrio de tu infancia ni el mío, sino que esa onírica casa se encontraba en alguna isla, ciudad, o pueblecito de México; vaya a saber uno cuál, pongámosle Isla Mujeres, Acapulco o Mérida. No me preguntes cómo ni porqué, pero lo sé. Tendríamos unos ocho, nueve años, vistiendo ese pacato e impoluto delantal de escuela (el tuyo seguramente más prolijo que el mío), sentadas en el juego de mesa de hierro blanco de jardín, ante el tablero de ludo, como solíamos hacer una tarde a la semana.

Intempestivamente, irrumpe en la inmaculada escena Nacho S., nuestro compañerito de escuela. Lo recordás a Nacho, ¿verdad? Nacho a los ocho, nueve años, porque a decir verdad no lo vimos más al terminar la primaria, con lo cual no se cómo se verá hoy en día. Nacho que lleva de la mano, con firmeza y seguridad (pero sin poder disimular cierto desgano) a su pequeña hermana, mi tocaya. Camina directo hacia nosotras, como si atravesar ese jardín fuese lo más natural del mundo, como si lo hubiese repetido incontables veces en su vida de niño. Estoy convencida, sin embargo, que Nacho jamás estuvo en lo de tu bobe, ni siquiera en tu casa. Mucho menos en la mía. De pronto, su pequeña hermana (mi tocaya) que apenas debería pronunciar frase completa alguna debido a su temprana edad (y mucho menos en otro idioma), cita esta frase que bien podría ser de Oscar Wilde: “Illusion is the first of all pleasures”. Vos tenías fuego en tu mirada, el enojo caprichoso propio de tu ser-niña, como si ambos hubiesen osado violar nuestra ceremonia secreta ¡Sacrílegos!

Sin embargo, el muchachito no se disculpó ni se inhibió. Sonrío plácidamente hacia nosotras; y su sonrisa de labios abiertos desató una brisa, una brisa de tormenta, que gentilmente, y sin previo aviso, abrió de par en par las ventanas de la casa de la bobe, esa casa de mi sueño perdida en quién sabe qué coordenadas del mapa de México. El vientito suave y reconfortante te relajó. “Es la calma que anuncia una tormenta deseada”, creo que pensamos todos. Pero al mismo tiempo intuimos que la pesada atmósfera que se ceñía sobre nosotros, y el intermitente silbido del viento, velaban un oscuro presagio. De repente, yo me hago grande: no es que me haya hecho gigante o que haya ganado metros de altura, sino que me convierto en mi yo actual. Y puedo ver un poco más y mejor que ustedes tres. Puedo abrazar con resignación la inminencia del peligro que no tarda en llegar.

Entonces percibimos un tornado estrepitoso corriendo a toda velocidad, allá a los lejos, pero cada vez más cerca. Quiero protegerlos, llevarlos de vuelta a la casa. Sin embargo, ante el arrebato de la situación, nos quedamos estancados en el pasto del jardín, hipnotizados por esa imagen de ensueño surrealista. Yo nunca he estado en un tornado y, supongo, vos tampoco. Pero eso en mi sueño era un verdadero tornado. Un tornado que venía arrasando nuestra ciudad imaginaria y todo lo que allí habita (autos, heladeras, semáforos, sillas y sillones, bibliotecas, palmeras, vírgenes, gatos, niños, y pájaros), y que ahora se disponía llevarse nuestro jardín, extirparlo de raíz.

Y es entonces cuando, ante nuestros rostros de total desconcierto, Nacho saca del bolsillo de su delantal blanco un lazo que de tan fino y delicado se nos hace casi invisible a los ojos, pero el cual ilumina con destellos dorados la oscuridad de un cielo encapotado que se arroja sobre nuestras cabezas. El niño regala ese lazo mágico al viento, lo hace bailar con el pesado éter, traza piruetas de contorsionista, hasta enlazar la cola del tornado, atrayéndola hacia sí, y alejándola, pues, de nosotros. Lucha con la fuerza de un Hércules, de un gigante que supo sostener el peso del mundo sobre sus hombros. Por momentos, su cuerpo infantil se eleva unos centímetros del suelo y se confunde con el tornado, absorbido por la voracidad de esa fatal fiera que todo lo quiere poseer.

El pequeño domador se luce ante nuestros ojos, despliega su artilugio y su gracia, como si fuese el rey del rodeo. Finalmente, en lo que pudo haber durado unos cuantos minutos o una eternidad, el tornado se entrega a su merced y se atraganta con el nudo del lazo, el cual luego el domador lanza, con extraordinaria fuerza, fuera de nuestra estratosfera, hacia remotas constelaciones. La negrura del cielo desaparece y las bajas nubes blancas y esponjosas de una típica tarde de verano, se nos ofrecen plenas. Nacho a los ocho, nueve años – que ya no es Nacho, sino el domador de tornados – cae desmayado, exhausto, y vos corres hacia él. Y yo te sigo. En sus pupilas se refleja el ojo del tornado, que varía entre el violeta, el azul y el plateado. Pero, antes que nos devele ese secreto milenario que mantiene oculto, la imagen se diluye por completo en su retina.

Segundos después, irrumpe en el jardín su madre. Y entonces, la pequeña-adulta Ana se abalanza – entre sollozos mudos – sobre esa mujer esbelta, delgada, y sofisticada, dueña de ese je ne sais quois. Esa mujer iluminada de veinte años atrás, luciendo un chal de colores pastel (traído seguramente de alguna de sus giras por Francia) que rodea su recto y airoso cuello blanco. Quizás recuerdes a Lu, la madre artista de Nacho, esa mujer que lo esperaba de tanto en tanto, apoyada sobre un Renault 18 azul estacionado en la puerta de la escuela, luciendo enormes anteojos negros y vestidos de bohemias telas coloridas que niñas como nosotras sólo osábamos probarnos en sueños. Esa mujer hermosa, de esas cuya belleza – hoy me atrevo a afirmar – solivianta, inquieta, perturba, incluso a algunos repele. Recuerdo su cara perfectamente asimétrica, con ojos tan grandes como los de una gacela atemorizada; su piel resplandeciente, lisa y suave; y esa nariz atinada y coherente con su rostro, de ahí que la llevara con indiferente convicción.

La bella madre ingresa, con un andar que de tan etéreo nos hace olvidar la brutalidad del tornado, agitando entre sus manos de pianista las hojas de un periódico con fecha actual, el cual coloca frente a nuestra imberbe mirada. Vos lees en voz alta, pero con tu tono de voz actual: “temerario titán torea tenazmente tremendo tornado tiránico”.

Es allí cuando abro los ojos, tan pesados como húmedos. Y vuelvo en mí, acostada en la cama de mi habitación en medio de la oscuridad de una desolada noche de invierno londinense, de frío de lontananza hecho de tiempo y de distancia.

La noche siguiente, desde mi ventana del tercer piso, la desierta capital inglesa se me antoja una película muda que se repite hasta el hartazgo. La curiosidad y el aburrimiento me arrojan a las calles del Soho, en busca de algo que me desvele, que me ocupe, sin imaginar por un segundo que esa noche iba a traer de vuelta a tu tornado, ese tornado que ahora se ha convertido en el nuestro.

Son las diez y cuarenta, y el frío polar de dos, tres grados bajo cero, cala hondo en mis huesos. Ha terminado la última función de cine y no hay ni una sola alma sajona en las calles, sólo un par de asiáticos, que van o vuelven de sus trabajos en algún restaurante del Chinatown. El viento ártico rasguña sin pudor mi rostro, cada vez más sonrojado y entumecido. Los labios, los pómulos, la nariz, las manos, y las uñas me duelen del frío, a diferencia del resto del cuerpo que mantiene la temperatura ideal debajo de dos sweaters de frisa, un gamulán que compré días atrás en Camden Market, y medias de lana debajo de mis jeans made in Buenos Aires.

Camino por Charing Cross y antes de llegar a la esquina de Old Compton Street, un humo espeso mezcla a marihuana y tabaco, el olor a cerveza rancia, risas histéricas, y acentos diversos que varían entre el francés, el rumano y, quizás, el inglés yanki, me hacen detener frente a un antro de música de garaje y bebidas baratas. El tibio sopor del lugar me da la bienvenida salvándome de la ola helada que se derrama sobre la olvidada y somnolienta ciudad. Vos bien sabes que el interior “noche-bar” no tiene estaciones, no tiene temperaturas. La estación es el aliento mismo de las bocas, el sudor y el olor de esos cuerpos que se buscan, se enciman, se rozan, se exhiben, se reconocen, se atraen. El espacio hermético y a medio iluminar en el que me encuentro, me redime del frío callejero de dos, tres grados bajo cero, y entonces comienzo a mudar de pieles hasta quedarme en remera blanca de mangas cortas. Me escabullo en el antro, chocando a esos extraños que en ese preciso momento se me hacen necesariamente familiares, incluso extensiones de mi propio cuerpo que lentamente retoma su pulso vital. Agradezco su presencia, la celebro, brindo por ellos, brindo por todos nosotros.

Voy tambaleándome entre la gente en dirección a la barra, allá a unos metros de distancia. “¿Qué usted quiere?”, me pregunta la barwoman, tatuada desde el nacimiento del cuero cabelludo hasta el mentón. El lado izquierdo de su rostro íntegramente tatuado. Pido un trago transparente on the rocks – pudo haber sido gin o vodka – que tomo sin prisa entre extranjeros, locales, punks, rockeros, algún que otro grunge, y góticos cuarentones. De fondo aúlla una banda que bien podría ser la versión londinense de La Perra que los Parió, salvo que con un oído musical más agudizado y una estética más vanguardista, claro está. Necesito ir al baño, entonces me excuso con cierta timidez de un inglés que dijo llamarse Max y de su roomate parisino JP que me hablan en estéreo. Y me vuelvo a abrir paso entre la extática muchedumbre que se mueve categóricamente al ritmo del punk rock local.

Desciendo al subsuelo por la escalera estrecha, dejando atrás la música y la euforia. Dos puertas sin distintivos me llevan al baño. El olor agrio que emanan las paredes mojadas se mezcla con un embriagador aroma a patchouli. Contra la mesada del lavatorio, dos cuerpos femeninos se baten a duelo por el espejo. Una de ellas – la de fino pelo castaño y delicados labios pintados de fucsia – luce una minifalda negra que marca su cola dura y redonda, así como un par de cortas piernas torneadas que ajusta con medias de nylon verdes. La observo recoger su cabellera en un peinado sin nombre, ridículo, que sella con dos palitos de comida japonesa, mientras exhibe una gota invisible de sudor chorreando por su cuello. La morocha – más pequeña en edad pero más voluptuosa en cuerpo – está vestida íntegramente de negro; primero se delinea furiosamente sus hermosos ojos almendrados, y más tarde acomoda su inquieto flequillo, mientras habla de hombres y de sexo, de sexo y de hombres. Entro al cubículo, sin poder cerrar por completo la puerta que no tiene pistillo ni picaporte. La sostengo, pues, con mi mano derecha, mientras me bajo el jean, haciendo malabares con mi cabeza gacha. Escucho a las inglesas salir del baño hablando un slang que no comprendo en lo más mínimo, llamándose la una a la otra M. y M.

Luego, entre risas y besos, entra una pareja un tanto despareja (según la imagen que me devuelve el espejo que puedo ver a través de la hendija de esa puerta rebelde que insiste en abrirse). Él es un punk que acusa unos veinte y pico, sólo que ha dejado olvidada su cresta multicolor en su loft okupa. Tiene el pelo fino y lacio, tirado hacia atrás, forzándolo en una cola de caballo que le llega a los hombros. Viste ajustados pantalones negros que acentúan aún más sus desgarbadas y flacas piernas, un buzo negro descolorido con simpáticos pitucones, y borceguíes enormes que desentonan con el resto de ese cuerpo alto y lánguido. Me olvidaba de su piercing en forma de alfiler de gancho que, sin decoro, decora su oreja izquierda. Dije despareja porque ella, la chica del punk
– que se me antoja unos cinco años mayor que él – viste un impecable traje negro de oficinista (que seguramente ha comprado en Selfridges, no en Harrods), altísimos tacos de charol, y una ajustada camisa blanca de cuello Mao, abierta hasta el nacimiento de sus no- pequeños pechos.

La chica del punk apoya su menudo cuerpo sobre el de él, cuya espalda descansa sobre la fría y transpirada pared de azulejos azules. Dos cuerpos desiguales que unen sus desiguales lenguas en un beso fugaz, travieso, apasionado, y negligentemente punk. Espío por la hendija ese aliento que no huelo, y que destila a cigarrillo y whisky, chicle de menta, y una lujuria que añoro. Salgo del cubículo y la pareja me sonríe a destiempo con labios cerrados. Me enjuago la cara mientras ella ocupa el cubículo que acabo de dejar, luchando contra esa misma puerta, la cual, pocos minutos atrás, sostenía yo con mi mano. El antes enardecido punk se para a mi costado y me pregunta con un encantador acento manchesteriano de aliento a alcohol:

–“¿Gustas tú de la banda?”

Sin cavilar, asiento tímidamente. Me explica que es la banda de su hermano mayor (a quien llama “Frith”), y me cuenta que él solía formar parte de la misma, hasta que se abrió “por cuestiones ideológicamente estéticas o estéticamente ideológicas, que es prácticamente lo mismo”, lo cito textualmente. Ella tira la cadena del baño y sale acomodándose su brillante pelo de publicidad de Pantene que cae como una catarata sobre sus estrechos hombros. Él – su chico punk – me la presenta con el entusiasmo de una criatura. Se llama Poly y es gerente de una disquera internacional y también manager de bandas de rock independiente, entre ellas la del hermano de su chico punk, de la cual él supo formar parte. No registré su nombre sajón, pero el veinteañero punk se me hizo idéntico a Diego (del taller de Barrio Norte, ¿te acordás?), así que lo bauticé “Diego Punk”. “Diego Punk” que me pregunta – “¿Dónde eres tu de?” Le respondo con la verdad, esperando que a continuación ambos suelten un poco original:“¡Ahhh! Maradona”. Sin embargo, la cara inglesa de “Diego Punk” se vuelve a llenar de indiscreta emoción infantil, a medida que se levanta el desteñido buzo negro, dejando al descubierto una remera gris oscura que reza “Sumo”. “Las bondades de e-bay, me digo a mí misma.

Poly busca mi mirada cómplice, se ríe de la ocurrencia de su chico punk, y le estampa un ruidoso beso en la mejilla. Luego, se inclina contra el espejo para retocar su rostro con maquillaje de marca italiana que saca de una carterita negra ínfima. Me quedo frente a frente con “Diego Punk” que comienza a entonar las líneas de una canción que, a pesar de provenir de un universo ajeno y lejano, comienza a hacérseme cada vez más cercana e íntima. Poly se burla del pobre castellano de su chico punk y de su acento payasesco. Pero yo soy toda oídos:

“Un tornado, un tornado, un tornado...
Un tornado arrasó a mi ciudad y a mí jardín primitivo.
Un tornado arrasó a tu ciudad y a tu jardín primitivo.”
Marca las “erres” con la enfática torpeza de un anglosajón, lo cual hace estallar en risas a su Poly. Pero él continúa cantándolo a Luca mientras mueve la cabeza en un robótico ritmo punk, acompañado de mecánicos compases que marcan sus borcegos contra el piso:
“Saltando en picada a la mexicana, un fugitivo se entrega
Saltando en picada a la mexicana, un fugitivo se entrega
Pero no, mejor no hablar de ciertas cosas.”

Estoy casi segura que en lugar de “ en picada” dijo “encimada”, o algo por el estilo. Lo curiosamente real es que el chico punk de Poly tarareó y cantó ese tema como si la letra y la música fuesen el mandato de un ser divino que lo estaba poseyendo en ese mismísimo instante, en la intimidad del baño de un antro del Soho londinense que nos convocaba a los tres. Por arte de esas magias nocturnas, y de exquisitas sincronicidades, volvió a hacerse presente el jardín de tu bobe de la imaginaria casa mexicana del sueño de la noche anterior. Y con él volvió tu tornado (que ahora también es el mío). Poly ensaya unos aplausos exagerados junto a un “¡Bravou!”, que exclama en tono jocoso, mientras conduce a su chico punk hasta la puerta. Al abrirla, él me regala un inevitable “Olé Olé Olé Olé, Diego, Diego”. Y desaparecen del baño, dejándome sumida en un estado de letargo similar al del sueño de la noche anterior.

El calor se convierte ahora en mi solapado enemigo, y lucho por salir de esas cuatro paredes, subir los angostos escalones regados de vómito y bilis, para así atravesar el antro de rock de garaje lo más rápido posible, mientras vuelvo a mudar de pieles. Una vez abrigada, me veo arrojada a la calle, dos horas después de haber ingresado a mi caverna de salvación. La música punk ya se ha ido, pero en mis oídos sigue aullando el tornado que se hizo canción en una letra de Sumo. El frío de dos, tres grados bajo cero, no tarda en hacerse sentir, y el viento nórdico me ametralla la cara. No lo dudo. Paro un taxi.

Mientras el chófer de origen pakistaní atraviesa una Oxford Street desierta, que vuelvo a recorrer con mi mirada como ya he hecho cientos de noches desde que estoy aquí, recuerdo tu frase que inspiró mi sueño que fue traído de vuelta por una canción que un chico punk cantó para mí en el baño de un antro del Soho londinense. Y pienso que en ciertos casos (si no en todos), el domador suele confundirse, camuflarse con el tornado (y viceversa), convirtiéndose, pues, en uno solo, en un "uno", en un indefinido “algo” tan peligroso como atractivo. Entonces, mi querida Natu, no te detuviste a analizar lo siguiente: ¿hasta qué punto sos domadora de tornados y no el tornado mismo? Igualmente (y me sirvo aquí de tu estimado Friedrich Nietzsche), yo te aconsejaría que cuando vayas con ciertos hombres, esos hombres tornado, no olvides llevar el lazo. A la distancia cercana, yo te acompaño hoy y siempre.

Con todo mi amor y cariño,
Anita

2 dic 2009

Respirar


Respirar el ruido de las olas,
sobre rocas de playas remotas.
Que renacen en sueños y
reviven silencios.

Respirar las risas, las rotundas risas
de niños y de viejos,
que tarde se olvidan de respirar.

Respirá las rosas y sus espinas
hasta que se claven en tu garganta
Y te obliguen a gritar:
¡Gritálas!

Respirá Roma y Gibraltar
en viajes ridículos
de rotondas giratorias.

Respirá como respiró Girondo
y su creador,
que con los gemidos de su respiración
te dio vida.

No te olvides de respirar
los romances y las ganas
de repetirlos hasta el hartazgo.

Robá respiraciones
ajenas y cercanas.
Cercálas ridículamente
en la musicalidad de tu rimar.

Respirá con respirador artificial,
y también con uno natural
como es el arte de besar.

Repirá radicalmente esos besos
y regresá con reparo.
Repirando lentamente,
retorná con rosas en la boca.
Y volvé para volverme a respirar.

1 dic 2009

Haiku para mi




Buscame sin voz

Recordame sin ropa

Pero con nombre

Haiku para Nacho


Bailaban los dos

En medio de la gente

Sin conocerse

Haiku para Lu



Agazapate

Y esperame, pero dá

Ese salto al fin

Haiku para Natu


Me dijeron que

Te perdiste en mis versos:

Seguí la flecha

Bailar


Bailar boleros con bocas y besos.
Bailando bajo la noche nueva,
luna llena, lluvia de estrellas.
Bailame fatal, bailame de frente
en frenético frenesí.
Bailar pegados, pasmados, plegados,
bailar pisoteados, en puntas de pie.
Bailan las putas, bailan los ángeles.
Bailan los dementes, los amantes,
los antes y los después.
Decime bailarina, bailando reverente, rebelde se revuelve.
Bailame veleta, bailame viento, bailame verde.
Bailar el goce, bailar las ganas,
así como bailan gatos y gatas.
Bailan en tejados, tinglados, trepados, trenzados.
Bailan en cielos, con celos, con sexo,
el sueño y el silencio.
Bailan las ninfas,
las niñas frente a espejos no espejados
Bailamos todos: bailas tú, bailo yo, baila él.
Bailarines equilibristas, bailarines extasiados.
Enamorados que bailan ensimismados, enardecidos, enjaulados.
Bailar los planetas, las penas, las puertas.
Bailan los presos, bailan las presas.
Baile de ballet,
de beber y de volver.
Bailar para recordar, rezar, rogar.
Bailar para olvidar, orar, orillar.
Bailar así, asá, aquí y allá.

Crimen con tijeras


Eusebio trabajó cinco años para la competencia antes de empezar con nosotros. Lo anunciaron como la “gran promesa”, luego de haberse floreado por París y Milán, trayendo consigo las nuevas tendencias. Primero le “regalaron” a una de mis clientas más fieles, la viuda de doble apellido que viene cada quince días a retocarse el carré y hacerse el brushing. Después fue el turno de una modelo en ascenso que suele pasar una vez por semana y me mantiene al tanto de los últimos caprichos de la farándula. Todo esto sucedió en mi ausencia cuando, sorpresivamente, me ofrecieron quince días de vacaciones en plena temporada. Me resultó un tanto sospechoso, pero me fui igual. A visitar a los míos, en la provincia.

Eusebio se puso bien cómodo entre mis elementos, a pesar de que, por lo que me contaron las chicas, él se ufanaba de los suyos. Se empecinó en usar mis tijeras, cepillos, mis productos importados para el cabello, fijadores, invisibles y demás. Sobre todo se encaprichó con mis tijeras, como si se hubiese vuelto adicto a ellas. Les repito: todo esto sucedió mientras estuve ausente. A mi vuelta, todo el mundo actuaba como si esto fuese lo más normal del mundo, incluso le derivaban mis citas de siempre sin consultarme siquiera. Hablé con la dueña y le dije que no entendía qué estaba sucediendo. Minimizó el caso, como era de esperar en ella, y alegó que las clientas mismas lo habían solicitado… pero yo no le creí nada. Me dijo que no me preocupara, que podía quedarme con las nuevas. Mientras tanto, él se paseaba por el salón con la frente en alto, bien orgulloso, mirándome de reojo y fingiendo una sonrisa de camaradería. Eso sí, ni una palabra me dirigía, lo mínimo indispensable. Yo opté por hacer lo mismo con él.

El colmo de los colmos fue aquella tarde en que se metió a opinar en medio de un tocado de novia y, a los cinco minutos, tenía ambas manos puestas encima de la cabeza de la clienta. No supe cómo reaccionar, me quedé duro de furia y me hice a un lado para ver la escena con total desconcierto e impotencia.

Pronto llegaron los halagos y más clientas que lo requerían, incluso las que antes llegaban a esperar horas para atenderse conmigo. El muy guacho se hacía tiempo para todas ellas, y yo me quedaba a un costado, mirándolo de lejos: las manos que volaban con asombrosa rapidez en esas cabezas, incluso haciendo milagros en las más rebeldes. Hay momentos en que me sentía hipnotizado por esa imagen, descuidando mi propio trabajo con las nuevas clientas que se iban, lógicamente, de lo más indignadas. Pero yo no podía hacer otra cosa que observar mi reflejo abatido en el filo de las tijeras en manos de Eusebio.

A los dos meses, la dueña me citó en su oficina. Me daba una semana para buscar un nuevo lugar ya que había decidido prescindir de mi trabajo y blablablabla. Dejé de escuchar lo que decía en el momento exacto en que lo vi a través del vidrio, todo ensimismado en su corte. Juro que en cierto punto percibí una mueca sobradora hacia mi dirección; fue una milésima de segundo, pero para mi eso lo resumía todo. Esa misma tarde decidí llevarme mi par de tijeras y volver al día siguiente por el resto de las cosas.

Pasé toda la noche en vela, con imágenes terribles que se agolpaban en mi cabeza. A la mañana siguiente, me dirigí a la peluquería, llevando conmigo ese par de tijeras: mis primeras tijeras, las que me regalara aquel maestro estilista. Me encaminé directo hacia donde estaba Eusebio, sonriendo eufórico, como era costumbre en él, por encima de una permanente. Las tijeras bailaban locamente entre mis dedos y apuntaban directo a su cuello (como si hubiesen aprendido su rol a la perfección), perforándole la yugular con gracia y luego dibujando una línea profunda de punta a punta. El papel plateado que cubría la cabeza de la clienta sexagenaria (que una vez fuese de las mías) se tiñó de rojo sangre. El filo sumergido casi en su totalidad en el lívido cuello de Eusebio reflejaba ahora mi sonrisa de soslayo.

Con su último aliento, se desplomó sobre la mujer, arruinándole esa linda permanente, para luego golpear su cabeza contra el espejo, estallándolo en mil pedazos. Todo ante la mirada atónita de las clientas en espera. Agarré el resto de mis cosas, sin prisa y sin pausa, y me fui de allí para siempre.

Funes el desmemoriado

Una calurosa tarde de noviembre, Corti nos reunió a los cuatro en la confitería de la esquina de la facultad, pocos días antes del final que nos catapultaría al diploma. Lo esperamos puntuales, sentados en la misma mesa de siempre, junto a una ventana abierta que dejaba entrar el bullicio propio de Rodríguez Peña y Tucumán. Entró siete minutos más tarde, luciendo sus anteojos de marco ancho negro, unas bermudas caqui, su ya en desuso remera blanca de mangas cortas y, creo, sus sandalias Birkenstock. Llevaba además unos cuantos libros bajo el brazo. Torpemente, se abrió paso entre las mesas contiguas, incomodando a los pocos clientes que había. Poco lo importó, como era su costumbre. Una vez cerca nuestro, apoyó con un brusco ademán tres tomos de la obra completa de Borges (de una colección que habíamos comprado el primer año de la carrera, cuando solíamos ir de cacería por las mesas de saldos de la calle Corrientes).

Noté que de uno de los tomos sobresalía un señalador amarillo (por lo viejo) e inmediatamente puede leerle la mente y la intención: nos había juntado allí para discurrir, por enésima vez ya, acerca del cuento. Roger, al otro lado de la mesa, me miró de soslayo y nos entendimos perfectamente. Los otros dos apenas lo conocían y en ese poco tiempo se habían dejado seducir por los alardes, las intrigas y las insolentes porfías de Corti. Mientras corría la silla para sentarse a mi lado, se dirigió audazmente al extranjero, un muchacho de unos treinta, y le preguntó si había leído Borges. Asintió. Corti abrió el tomo superior de la pila y un título se desnudó ante la mirada de los allí presentes: Funes el Memorioso. Roger no tardó en increparlo, le dijo que era absurdo insistir sobre lo mismo, que estaba perdiendo el tiempo (su tiempo y el nuestro, que son y no son lo mismo) e intentó disuadirlo. “Dejá en paz a estos muchachos. Es ridículo que quieras involucrarlos en tus funestas teorías”. Los otros dos poco entendían lo que iba a suceder allí en los próximos minutos.



Corti pidió un cortado, desdeñando las palabras de Roger quien estuvo a punto de abandonar el encuentro. Lo frené con la mirada. Sentado a mi derecha, Corti apoyó su mano sobre la mía (gesto que duró una milésima de segundo) y me dijo algo al oído que, curiosamente, hasta el día de hoy, he olvidado por completo. Recuerdo el olvido simplemente porque esas fueron las últimas palabras que fuera a dirigirme. Roger miró a un costado, resignado: nada quedaba por hacer más que rogar que la tarde trascurriera lo más rápido posible. Supe que, en parte, lo hacía por mí, aunque nunca entendiera muy bien qué había visto yo en Corti durante esos cuatro años que estuvimos juntos. En lo que a mi respecta, nunca logré entender qué había visto él (me refiero a Corti) en una joven anónima como yo. Maldije el momento en que decidí cruzar la puerta y comencé a pensar en excusas válidas para haberlo hecho: salir del encierro luego de doce horas seguidas de estudio, la curiosidad de ver a Corti antes del final y de su supuesto viaje a España, la excusa de encontrarme con Roger fuera de los pasillos de la facultad, e, imagino, degustar el último café con leche de nuestro bar antes de diplomarme.


Uno de los nuevos del grupo, el más joven, acercó el libro abierto hacia él (con sumo cuidado, uno casi religioso). Dio vuelta las hojas y sus ojos volaron sobre frases subrayadas, resaltadas, borroneadas, notas marginales, comentarios al pie, asteriscos, signos, etc. Se mareó y devolvió el libro a la mesa, como si se tratara de un cáliz. Corti lo tomó y leyó la frase subrayada con birome de la página 171: “le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”. Intuitiva y soberbiamente, dio por sentado que los muchachos conocían la historia del memorioso Ireneo Funes. A continuación, dio comienzo a su diatriba: “Funes no debería ser considerado un memorioso, sino más bien un desmemoriado. Que sea memorioso es una fatal falacia. Su intento por crear un catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo, de todas las cosas, “un catálogo de todos los catálogos” citó – resulta trunco ya que es menester que deba olvidar para volver a recordar. Mejor dicho, volver a percibir todas las cosas por primera, única e irrepetible vez. De este modo, olvidará que existe un perro de las tres y catorce (visto de frente), al cual efectivamente catalogará y dotará de un nombre, un número o una serie de números, para luego olvidarlo al momento de observar a ese perro (que es el mismo pero no) a las tres y cuarto (visto de perfil), al cual dotará de un nuevo nombre, número o serie de números”. Tomó aire acompañado de un sorbo de la espuma de leche del café (detalle que seguramente Ireneo hubiese recordado a la perfección e, incluso, hubiese nombrado como por vez primera), y prosiguió:


Repito: Funes debe olvidar, debe ser desmemoriado, para percibir las diferencias en la identidad, y asombrarse con la mirada desnuda de los distintos “vástagos y racimos y frutos de una parra” o “las formas de las nubes australes del amanecer” del día X de X año; observar las variadas “vetas de un libro en pasta española” o “la punta de ganado de una cuchilla” como si los viese por vez primera cada vez. Debe olvidar la primer cara de un muerto en un largo velorio para percibir la segunda, la tercera, la última y así sucesivamente”, arguyó y citó con envidiable vehemencia.

Corti no dió tregua ni respiro. Siguió con sus locuaces argumentos ante la mirada atónita de los nuevos, la cara de sopor de Roger y mi mirada de desconcierto. “Tengamos en cuenta que la diosa de la memoria, Mnemosyne, nos visita en sueños, en ficciones, no cuando estamos despiertos. Es curioso que Borges sentencie que dormir es distraerse del mundo, cuando en realidad nuestros recuerdos, la memoria que tenemos de todas las cosas que nos rodean y de nuestros sentimientos y sensaciones, son reconstrucciones de reconstrucciones (y así hasta el infinito). En la vigilia debemos permanecer desmemoriados para percibir las diferencias, la inmortalidad de los detalles que ante nuestros ojos se muestran primerizos, únicos e irrepetibles. Quiero decir – volvió a beber un sorbo de su café y cerró abruptamente la página del libro, anunciando el pronto fin de su ditirambo –, la grandiosa empresa de Funes de recordar los accidentes, las diferencias, catalogarlos y darles un estatuto único, es completamente falaz. Su mente debe despejarse, debe olvidar, debe ser desmemoriada por excelencia, para lograr ese paradójico catálogo de todas las cosas. No por nada el pobre murió de una congestión pulmonar: se ahogó en recuerdos inútiles”.

Esa fue la última charla de café antes de recibirme. A los dos muchachos los crucé el día del final y nos saludamos tímidamente de lejos. Supuse que no íbamos a repetir un encuentro como el de días antes, o cualquier otro. Roger me pidió que olvidásemos el asunto con Corti quién, según me han dicho en la facultad, hasta el día de hoy sigue reuniendo compañeros en la confitería de la esquina y les cuenta la historia del desmemoriado. Nunca viajó a España y dejó pendiente esa última materia.

Por mi parte, la tarde de ese último encuentro, releí el cuento de Borges al volver a casa. Poco recuerdo (“aunque yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado”) qué impresiones me causó esa lectura. Sin embargo, debo admitir que esa misma tarde de noviembre a las 18:45, dcbí olvidarme de todo lo anterior (de mis primeras lecturas del cuento así como de los argumentos que Corti expusiera once o doce veces a lo largo de cuatro años), para leer el cuento por onceava y primera vez (que es y no es lo mismo). Tuve que convertirme, pues, en desmemoriada, como el famoso Funes de Corti.

29 nov 2009

La posesa




Consultamos curanderas, chamanes y brujos, médicos renegados de su nombre que habían optado caminar por sendas más oscuras pero proporcionalmente redituables. Nada de ello funcionó.

“Engendramos un demonio”, solíamos pensar, pero asumiendo muy en el fondo que ese era también nuestro destino y nuestra cruz. Aquello que no está permitido decirse, aquello que viene silenciándose desde hace milenios, salía a borbotones, vomitado por esa garganta metálica que hacía estallar los vidrios de la casa en cien mil esquirlas.

Podía recitar párrafos enteros de la Odisea con el timbre de voz de un tenor; discurrir acerca de cualquier tema con la vehemencia de un orador romano; repetir cálculos mentales con un ritmo fatalmente frenético; proferir frases en arameo, latín y zulú. Entonaba estrofas de marchas militares o de himnos europeos, así como también cánticos medievales, mientras por lo bajo exorcizaba los durmientes secretos de generaciones pasadas, como si fuese un disco de pasta escuchado de atrás hacia delante, portador de siniestros mensajes crípticos. Sus cuerdas vocales despertaban el pavor, gritando viejas penas, antiguos dolores y torturas, acallados padecimientos y reprimidos reproches, con la violencia del rugido de una fiera enjaulada, que podía ser tigre, pantera o dragón. Decidimos encerrarla en el baño, inmersa en vapores que suavizaran el caudal de su voz y que acallaran su amenazante verborragia. Sin embargo, sólo lográbamos sumergirla en un sopor tal que quedaba desmayada, balbuceando palabras sin sentido, en un fluir errático y constante, como el molesto eco del zumbido de una mosca mareada entre cuatro paredes de metal.

Su discurso monocorde y extático, disfrazado de grandilocuentes explicaciones analíticas, axiomas, teoremas y alegorías, dejaba escapar historias que nos enfrentaban con nuestros pudores, nuestras vergüenzas y nuestras culpas. Nos escupía en la cara las verdades y las metáforas, como si se tratase de un oráculo endiablado. Sus extremidades acompañaban el acompasado ritmo locuaz con movimientos espásmicos que no lográbamos controlar ni los expertos diagnosticar. Por momentos, la invadía una mudez que de tan profunda e inconmensurable, nos aterraba de pies a cabeza, como si estuviésemos caminando bajo un cuartel de enormes nubes negras que anuncian un incipiente tornado. Eran segundos apenas, duraban lo que el último aliento de un muerto, para luego abrir las compuertas de sus labios y dejar escapar esas aprisionadas voces de fuego que hacían sangrar nuestros oídos por dentro.

Y en el final devino el silencio, milagrosa y salvíficamente. Llegó con un remedio letal, que donamos a nuestros ya enfermos oídos, el cual provocó esa sordera deseada, sumiéndonos en el más prístino de los silencios. Uno que provenía de esa elocuente boca metálica, que ahora sólo vemos moverse como si fuese la de un muñeco parlante a quien olvidamos darle cuerda.

Ojos que no ven, corazón...


A dos metros de distancia, detrás suyo, en un asiento individual contra la única ventanilla cerrada, me encuentro yo, disimulando la fiebre y la ansiedad. La observo detenidamente, como si se tratase de una de esas transpiradas tardes en que solía regalarme la imagen de su espalda desnuda, sentada al borde de la cama. El cuello largo, blanco, altivo, digno de un Modigliani, caprichosamente despojado de ropas a pesar de la brisa matutina que se cuela a través de las ventanillas abiertas. Las orejas pequeñas, pequeñísimas, como si perteneciesen a la niña que fue y que no conocí, y el cabello rubio ceniza a medio atar, luchando contra la ráfaga que levanta un camión al pasar. Poso mis ojos en la mosca que se empecina en aferrarse a la piel de aquel hombre extrañamente familiar, que se me antoja un tanto canoso, ya entrado en años, y opacado por el hastío, o más bien resignado a las pérdidas (tal como lo describiese ella la noche que nos conocimos, unos muchos años atrás).

Yanine acaricia esa amada mano que espanta la mosca - que vuela hacia mi lado que se transforma en heraldo que trae un negro y siniestro presagio- :

(- Te pido que seas fuerte, que no te sientas culpable, que…. - dice él, evitando sus ojos)
(- No hables así, por favor, que hoy está prohibido despedirse con lágrimas - responde ella)

 Mastico fuerte, aprieto los dientes, callando redundantemente mis ilusiones, mis penas, y mis mil y un reproches. Simplemente me dispongo a contemplar la escena, como testigo sordo y mudo que soy. Es la primera vez que lo veo a él, y lo descubro tal cual ella me lo revelara, como si sus palabras lo hubiesen dibujado a la perfección. Por años jugué soberbiamente a mirar a través de aquel par de ojos a los cuales no les fue permitido ver, pero maldije aquel sentido que le fuese dado por partida doble: el tacto. Me resigné, pues, a no acariciarla como lo hacía él, con la intensidad y el asombro propios de aquella fuerza que se encuentra potenciada por defecto, ya que es sabido que por aquello que se nos quita, se nos promete un don gratuito. Entonces, hice un pacto con un no Dios, con el fin de absorberla ante la mínima mirada, devorarla y congelarla en mi retina donde ella pudiese admirar su propio reflejo, tristemente olvidado en los ojos de ese otro hombre.
En este momento, Yanine (inmóvil, imberbe, imperturbable, paradójicamente impoluta e inmaculada) ignora mi presencia, pero su cuello erizado y la rigidez de su postura toda, intuyen mi mirada clavada en ella. Con el tiempo ha aprendido a ver más allá, y a decodificar los signos de un cuerpo que habla, que teme, y que ama. Noto cómo la mano de él se deja caer suavemente sobre la de su mujer, y en este terreno de pieles que sienten tanto como ven o hablan, no tengo autoridad alguna. Se reconocen sin mirarse, reafirmando y justificando una vez más porqué van hacia donde van. Yo también lo se y, por ello, quise ser testigo de este último peregrinaje. Simbólicamente, el vuelo de la mosca en un éter frío y revelador, ilustra un final anunciado. Los espío con cierta desfachatez, aferrándose a esos últimos minutos de vida antes de un adiós que, desde mi ausente cercanía, festejaré en ese silencio con el que me fue dado cargar en esta vida.

Señor afilador





No conozco su cara. No. Tampoco sé cómo viste. No podría decir con certeza si es usted joven o maduro en años. Mucho menos me se su nombre, o su apellido, o su apodo; no conozco su nacionalidad ni su lugar de procedencia. No recuerdo si mi familia ha precisado de sus servicios, o ha prescindido de los mismos ¿Ha cruzado usted alguna vez el umbral de esa casa que supo ser la casa de mi infancia? ¿Ha arrimado usted su bicicleta (porque ese es su preciado medio de transporte, ¿verdad?) contra el paredón blanco del chalet de la esquina de Tucumán y Paso, con ladrillos a la vista, ventanales grandes, balcones de begonias y magnolias al sol, garaje doble, patio pequeño y terraza? Puede que sí lo haya hecho.

¿Tiene usted registro de nuestras tijeras de costurería, de nuestros “tramontina”, y de las famosas y bien ponderadas “chairas”? (Nota del Redactor: Dícese, a mi entender, del cuchillo de carnicería de hoja de 30 cm., según la abuela Memé, a quien nunca llegué a preguntarle porqué lo llamaba así. Puede que sea un invento mío – es decir, una (re)creación del lenguaje heredada de mi madre- ; o puede tratarse de una palabra tomada de algún dialecto del sur de Italia; o, incluso, un concepto que supo construirse en el imaginario de mi hogar). En fin, ¿ha tenido usted el privilegio de afilar la “chaira” que solía colgarse detrás de la puerta de la cocina? Un minuto: ¿no es la “chaira” lo que utiliza usted para afilar? Ahora que lo pienso bien, creo que es eso mismo. Sí. Usted solía afilar los cuchillos de mango rojo oscuro de mi abuelo paterno ¿Cuánto ha cobrado por ese trabajo? ¿Cuánto solía cobrar por esos trabajos? Y en vistas a los aconteceres actuales, ¿se ha visto afectado su oficio por la cruel globalización? ¿Y qué me dice de la devaluación, de la recesión, eh?

¿Sigue usted teniendo los mismos clientes de hace ya quince o veinte años? Aquellos vecinos de cuadra que me vieron infinidad de veces arrastrar la bicicleta de mi hermana con ella arriba llegando con esfuerzo a los pedales, o yendo los sábados a la tarde a hacer los mandados a La Simbólica de mitad de cuadra? ¿Usted me recuerda en esos paseos? Creo que nunca nos cruzamos. No. Usted solía pasar por la cuadra a la hora de la siesta. Y esa hora, puede usted facilmente adivinarlo, era sagrada en la familia Catania.

Usted no podría reconocerme jamás. Y yo tampoco. Pero yo sí lo conozco. Conozco su voz, su llamado, su interpelación, su pedido, su súplica, su deseo, su insistencia. Podría jurar y perjurar que conserva usted la misma voz de siempre. El tiempo no ha afectado sus cuerdas vocales, por eso puede estarse tranquilo. Porque sí… su voz es ciertamente cristalina y claramente familiar, cercana, íntima. La misma se me ha grabado a fuego en la memoria, así como las tablas de multiplicar recitadas por mi maestra de quinto grado a coro con mis compañeritos de clase.

Pero, ¿es acaso su voz? ¿Es esa voz la misma de siempre? ¿Es usted el mismo de siempre? ¿O su voz es la de su hijo? ¿O quizás la de su nieto? Porque yo juro y perjuro que esa voz no ha cambiado en lo más mínimo. El llamado sigue siendo el mismo. El tono, el timbre, la intención, la entonación, la pronunciación. Hasta el eco sigue siendo el mismo. Yo me digo: o esa voz es la suya – si usted está vivo, claro está –, o es la de un familiar cercano que ha heredado su oficio. ¿Vio usted cómo el tono de voz, el timbre, se repite, se imita, casi a la perfección de generación en generación? A mi ese “¡afilador!”, seguido de ese característico chirrido o silbido o rugido que proviene de, a mi humilde entender, un instrumento de viento que bien podría ser una armónica o una ocarina, o qué se yo, se me hace igual, idéntico, al de hace unos quince o veinte años atrás. O más incluso. Porque se dice que tenemos memoria (no se si esta afirmación vale también para la memoria auditiva) a partir del año de edad ¿O es a los tres? No recuerdo bien. Pero su voz sí la recuerdo.

Su voz rebota endemoniadamente en mi cabeza los martes y jueves a las nueve y media de la mañana, aproximadamente. También suelo escuchar el eco de su llamado, el resonar (ya que no me encuentro físicamente ni en mi actual casa ni en la casa de mi infancia), los miércoles pasadas las dos de la tarde. Tienen que ser las dos porque ese era el horario en que mi abuelita Memé y María – la chica que hacía la limpieza en casa – solían mirar la novela de Grecia Colmenares. Esa que ya no pasan más, claro está. Por lo cual no se si pasa usted a las dos de la tarde, o a las tres, o a las cuatro. Como está todo de peligroso en los barrios, quizás ya ni siga pasando a esa hora. Pero en mi cabeza el eco de su “¡afilador!”, seguido del silbido intermitente, suena los miércoles después del almuerzo.

Los lunes no. Los lunes y viernes usted no trabaja, ¿verdad? ¿Recorre otros barrios esos dos días? ¿O trabaja usted en un local? Si es que es válida esta denominación en la jerga de su oficio. Sírvase bien corregirme, por favor. ¿O es que tiene que entregarle la bicicleta a un afilador colega? Porque no. Lunes y viernes usted no afila. Al menos no afila por el barrio. El barrio de mi infancia. ¿Quiere que le diga más? Los sábados usted es el accidental responsable de despertarme o despabilarme, tanto aquellas mañanas en las que me levantan los primeros rayos del sol, como aquellas en las que los mismos rayos me invitan a meterme en la cama. Debo confesarle, con cierto pudor, que hay mañanas en las que blasfemo su nombre (ese que no me se) y maldigo su cara (que tampoco conozco). Grito con rabia su oficio hacia mis adentros (sumado a un par de insultos de los más gastados). Lo ninguneo, lo bastardeo, lo aborrezco. Para luego volverme a dormir. Por esto le pido mis más sinceras disculpas, señor afilador. Porque reconozco y ennoblezco la importancia capital de su labor cada vez que mis “Tramontina Polywood”, por usted antes afilados, hacen lo suyo con una porción de carne asada, o de pollo a la parrilla un domingo al mediodía. O cuando el filo de la tijera de metal se desliza con suavidad y eficacia por sobre una tela de jean.

Se preguntará usted qué me ha convocado a escribirle, a dirigirme a usted. Ni yo misma lo se bien. Todo esto surgió por iniciativa de la profesora de un taller de escritura creativa al cual asisto. Y al mencionar la palabra “oficio”, yo pensé inmediatamente en usted. Y esto me retrotrajo a mi infancia, y una cosa lleva a la otra, ¿vio? Lo recordé a usted que
– parafraseando a Borges – es un afilador que, en verdad y en virtud, es todos los afiladores. Porque yo lo “conozco” y, por ende, conozco a todos los afiladores del mundo. ¿Es que existen colegas suyos en países como Bélgica o India, Corea del Norte o Irlanda? No lo se. Pero usted, mi afilador, es todos los afiladores.

Y eso que jamás podría reconocerlo en una fila de hombres haciendo la cola en un banco, o entre una parva de gente que viaja amontonada en el Roca en hora pico. Jamás podría reconocerlo. Nunca jamás. Pero su voz, su llamado... eso sí, claro que sí. Y estoy convencida, déjeme decirle, que en mi casa – ya no la de mi infancia ni la actual, sino mi casa del futuro – en unos diez años quizás – o menos, eso nunca se sabe a ciencia cierta –, en esos horarios y momentos en los que uno menos lo espera, lo recibiré en el umbral, usando un delantal, las manos manchadas de harina o huevo, con la “chaira” de la abuela en mano y, finalmente (¡sí, por fin!), conoceré su cara, señor afilador.

Con respeto y cariño,

AVC