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1 dic 2009

Funes el desmemoriado

Una calurosa tarde de noviembre, Corti nos reunió a los cuatro en la confitería de la esquina de la facultad, pocos días antes del final que nos catapultaría al diploma. Lo esperamos puntuales, sentados en la misma mesa de siempre, junto a una ventana abierta que dejaba entrar el bullicio propio de Rodríguez Peña y Tucumán. Entró siete minutos más tarde, luciendo sus anteojos de marco ancho negro, unas bermudas caqui, su ya en desuso remera blanca de mangas cortas y, creo, sus sandalias Birkenstock. Llevaba además unos cuantos libros bajo el brazo. Torpemente, se abrió paso entre las mesas contiguas, incomodando a los pocos clientes que había. Poco lo importó, como era su costumbre. Una vez cerca nuestro, apoyó con un brusco ademán tres tomos de la obra completa de Borges (de una colección que habíamos comprado el primer año de la carrera, cuando solíamos ir de cacería por las mesas de saldos de la calle Corrientes).

Noté que de uno de los tomos sobresalía un señalador amarillo (por lo viejo) e inmediatamente puede leerle la mente y la intención: nos había juntado allí para discurrir, por enésima vez ya, acerca del cuento. Roger, al otro lado de la mesa, me miró de soslayo y nos entendimos perfectamente. Los otros dos apenas lo conocían y en ese poco tiempo se habían dejado seducir por los alardes, las intrigas y las insolentes porfías de Corti. Mientras corría la silla para sentarse a mi lado, se dirigió audazmente al extranjero, un muchacho de unos treinta, y le preguntó si había leído Borges. Asintió. Corti abrió el tomo superior de la pila y un título se desnudó ante la mirada de los allí presentes: Funes el Memorioso. Roger no tardó en increparlo, le dijo que era absurdo insistir sobre lo mismo, que estaba perdiendo el tiempo (su tiempo y el nuestro, que son y no son lo mismo) e intentó disuadirlo. “Dejá en paz a estos muchachos. Es ridículo que quieras involucrarlos en tus funestas teorías”. Los otros dos poco entendían lo que iba a suceder allí en los próximos minutos.



Corti pidió un cortado, desdeñando las palabras de Roger quien estuvo a punto de abandonar el encuentro. Lo frené con la mirada. Sentado a mi derecha, Corti apoyó su mano sobre la mía (gesto que duró una milésima de segundo) y me dijo algo al oído que, curiosamente, hasta el día de hoy, he olvidado por completo. Recuerdo el olvido simplemente porque esas fueron las últimas palabras que fuera a dirigirme. Roger miró a un costado, resignado: nada quedaba por hacer más que rogar que la tarde trascurriera lo más rápido posible. Supe que, en parte, lo hacía por mí, aunque nunca entendiera muy bien qué había visto yo en Corti durante esos cuatro años que estuvimos juntos. En lo que a mi respecta, nunca logré entender qué había visto él (me refiero a Corti) en una joven anónima como yo. Maldije el momento en que decidí cruzar la puerta y comencé a pensar en excusas válidas para haberlo hecho: salir del encierro luego de doce horas seguidas de estudio, la curiosidad de ver a Corti antes del final y de su supuesto viaje a España, la excusa de encontrarme con Roger fuera de los pasillos de la facultad, e, imagino, degustar el último café con leche de nuestro bar antes de diplomarme.


Uno de los nuevos del grupo, el más joven, acercó el libro abierto hacia él (con sumo cuidado, uno casi religioso). Dio vuelta las hojas y sus ojos volaron sobre frases subrayadas, resaltadas, borroneadas, notas marginales, comentarios al pie, asteriscos, signos, etc. Se mareó y devolvió el libro a la mesa, como si se tratara de un cáliz. Corti lo tomó y leyó la frase subrayada con birome de la página 171: “le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”. Intuitiva y soberbiamente, dio por sentado que los muchachos conocían la historia del memorioso Ireneo Funes. A continuación, dio comienzo a su diatriba: “Funes no debería ser considerado un memorioso, sino más bien un desmemoriado. Que sea memorioso es una fatal falacia. Su intento por crear un catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo, de todas las cosas, “un catálogo de todos los catálogos” citó – resulta trunco ya que es menester que deba olvidar para volver a recordar. Mejor dicho, volver a percibir todas las cosas por primera, única e irrepetible vez. De este modo, olvidará que existe un perro de las tres y catorce (visto de frente), al cual efectivamente catalogará y dotará de un nombre, un número o una serie de números, para luego olvidarlo al momento de observar a ese perro (que es el mismo pero no) a las tres y cuarto (visto de perfil), al cual dotará de un nuevo nombre, número o serie de números”. Tomó aire acompañado de un sorbo de la espuma de leche del café (detalle que seguramente Ireneo hubiese recordado a la perfección e, incluso, hubiese nombrado como por vez primera), y prosiguió:


Repito: Funes debe olvidar, debe ser desmemoriado, para percibir las diferencias en la identidad, y asombrarse con la mirada desnuda de los distintos “vástagos y racimos y frutos de una parra” o “las formas de las nubes australes del amanecer” del día X de X año; observar las variadas “vetas de un libro en pasta española” o “la punta de ganado de una cuchilla” como si los viese por vez primera cada vez. Debe olvidar la primer cara de un muerto en un largo velorio para percibir la segunda, la tercera, la última y así sucesivamente”, arguyó y citó con envidiable vehemencia.

Corti no dió tregua ni respiro. Siguió con sus locuaces argumentos ante la mirada atónita de los nuevos, la cara de sopor de Roger y mi mirada de desconcierto. “Tengamos en cuenta que la diosa de la memoria, Mnemosyne, nos visita en sueños, en ficciones, no cuando estamos despiertos. Es curioso que Borges sentencie que dormir es distraerse del mundo, cuando en realidad nuestros recuerdos, la memoria que tenemos de todas las cosas que nos rodean y de nuestros sentimientos y sensaciones, son reconstrucciones de reconstrucciones (y así hasta el infinito). En la vigilia debemos permanecer desmemoriados para percibir las diferencias, la inmortalidad de los detalles que ante nuestros ojos se muestran primerizos, únicos e irrepetibles. Quiero decir – volvió a beber un sorbo de su café y cerró abruptamente la página del libro, anunciando el pronto fin de su ditirambo –, la grandiosa empresa de Funes de recordar los accidentes, las diferencias, catalogarlos y darles un estatuto único, es completamente falaz. Su mente debe despejarse, debe olvidar, debe ser desmemoriada por excelencia, para lograr ese paradójico catálogo de todas las cosas. No por nada el pobre murió de una congestión pulmonar: se ahogó en recuerdos inútiles”.

Esa fue la última charla de café antes de recibirme. A los dos muchachos los crucé el día del final y nos saludamos tímidamente de lejos. Supuse que no íbamos a repetir un encuentro como el de días antes, o cualquier otro. Roger me pidió que olvidásemos el asunto con Corti quién, según me han dicho en la facultad, hasta el día de hoy sigue reuniendo compañeros en la confitería de la esquina y les cuenta la historia del desmemoriado. Nunca viajó a España y dejó pendiente esa última materia.

Por mi parte, la tarde de ese último encuentro, releí el cuento de Borges al volver a casa. Poco recuerdo (“aunque yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado”) qué impresiones me causó esa lectura. Sin embargo, debo admitir que esa misma tarde de noviembre a las 18:45, dcbí olvidarme de todo lo anterior (de mis primeras lecturas del cuento así como de los argumentos que Corti expusiera once o doce veces a lo largo de cuatro años), para leer el cuento por onceava y primera vez (que es y no es lo mismo). Tuve que convertirme, pues, en desmemoriada, como el famoso Funes de Corti.

29 nov 2009

Señor afilador





No conozco su cara. No. Tampoco sé cómo viste. No podría decir con certeza si es usted joven o maduro en años. Mucho menos me se su nombre, o su apellido, o su apodo; no conozco su nacionalidad ni su lugar de procedencia. No recuerdo si mi familia ha precisado de sus servicios, o ha prescindido de los mismos ¿Ha cruzado usted alguna vez el umbral de esa casa que supo ser la casa de mi infancia? ¿Ha arrimado usted su bicicleta (porque ese es su preciado medio de transporte, ¿verdad?) contra el paredón blanco del chalet de la esquina de Tucumán y Paso, con ladrillos a la vista, ventanales grandes, balcones de begonias y magnolias al sol, garaje doble, patio pequeño y terraza? Puede que sí lo haya hecho.

¿Tiene usted registro de nuestras tijeras de costurería, de nuestros “tramontina”, y de las famosas y bien ponderadas “chairas”? (Nota del Redactor: Dícese, a mi entender, del cuchillo de carnicería de hoja de 30 cm., según la abuela Memé, a quien nunca llegué a preguntarle porqué lo llamaba así. Puede que sea un invento mío – es decir, una (re)creación del lenguaje heredada de mi madre- ; o puede tratarse de una palabra tomada de algún dialecto del sur de Italia; o, incluso, un concepto que supo construirse en el imaginario de mi hogar). En fin, ¿ha tenido usted el privilegio de afilar la “chaira” que solía colgarse detrás de la puerta de la cocina? Un minuto: ¿no es la “chaira” lo que utiliza usted para afilar? Ahora que lo pienso bien, creo que es eso mismo. Sí. Usted solía afilar los cuchillos de mango rojo oscuro de mi abuelo paterno ¿Cuánto ha cobrado por ese trabajo? ¿Cuánto solía cobrar por esos trabajos? Y en vistas a los aconteceres actuales, ¿se ha visto afectado su oficio por la cruel globalización? ¿Y qué me dice de la devaluación, de la recesión, eh?

¿Sigue usted teniendo los mismos clientes de hace ya quince o veinte años? Aquellos vecinos de cuadra que me vieron infinidad de veces arrastrar la bicicleta de mi hermana con ella arriba llegando con esfuerzo a los pedales, o yendo los sábados a la tarde a hacer los mandados a La Simbólica de mitad de cuadra? ¿Usted me recuerda en esos paseos? Creo que nunca nos cruzamos. No. Usted solía pasar por la cuadra a la hora de la siesta. Y esa hora, puede usted facilmente adivinarlo, era sagrada en la familia Catania.

Usted no podría reconocerme jamás. Y yo tampoco. Pero yo sí lo conozco. Conozco su voz, su llamado, su interpelación, su pedido, su súplica, su deseo, su insistencia. Podría jurar y perjurar que conserva usted la misma voz de siempre. El tiempo no ha afectado sus cuerdas vocales, por eso puede estarse tranquilo. Porque sí… su voz es ciertamente cristalina y claramente familiar, cercana, íntima. La misma se me ha grabado a fuego en la memoria, así como las tablas de multiplicar recitadas por mi maestra de quinto grado a coro con mis compañeritos de clase.

Pero, ¿es acaso su voz? ¿Es esa voz la misma de siempre? ¿Es usted el mismo de siempre? ¿O su voz es la de su hijo? ¿O quizás la de su nieto? Porque yo juro y perjuro que esa voz no ha cambiado en lo más mínimo. El llamado sigue siendo el mismo. El tono, el timbre, la intención, la entonación, la pronunciación. Hasta el eco sigue siendo el mismo. Yo me digo: o esa voz es la suya – si usted está vivo, claro está –, o es la de un familiar cercano que ha heredado su oficio. ¿Vio usted cómo el tono de voz, el timbre, se repite, se imita, casi a la perfección de generación en generación? A mi ese “¡afilador!”, seguido de ese característico chirrido o silbido o rugido que proviene de, a mi humilde entender, un instrumento de viento que bien podría ser una armónica o una ocarina, o qué se yo, se me hace igual, idéntico, al de hace unos quince o veinte años atrás. O más incluso. Porque se dice que tenemos memoria (no se si esta afirmación vale también para la memoria auditiva) a partir del año de edad ¿O es a los tres? No recuerdo bien. Pero su voz sí la recuerdo.

Su voz rebota endemoniadamente en mi cabeza los martes y jueves a las nueve y media de la mañana, aproximadamente. También suelo escuchar el eco de su llamado, el resonar (ya que no me encuentro físicamente ni en mi actual casa ni en la casa de mi infancia), los miércoles pasadas las dos de la tarde. Tienen que ser las dos porque ese era el horario en que mi abuelita Memé y María – la chica que hacía la limpieza en casa – solían mirar la novela de Grecia Colmenares. Esa que ya no pasan más, claro está. Por lo cual no se si pasa usted a las dos de la tarde, o a las tres, o a las cuatro. Como está todo de peligroso en los barrios, quizás ya ni siga pasando a esa hora. Pero en mi cabeza el eco de su “¡afilador!”, seguido del silbido intermitente, suena los miércoles después del almuerzo.

Los lunes no. Los lunes y viernes usted no trabaja, ¿verdad? ¿Recorre otros barrios esos dos días? ¿O trabaja usted en un local? Si es que es válida esta denominación en la jerga de su oficio. Sírvase bien corregirme, por favor. ¿O es que tiene que entregarle la bicicleta a un afilador colega? Porque no. Lunes y viernes usted no afila. Al menos no afila por el barrio. El barrio de mi infancia. ¿Quiere que le diga más? Los sábados usted es el accidental responsable de despertarme o despabilarme, tanto aquellas mañanas en las que me levantan los primeros rayos del sol, como aquellas en las que los mismos rayos me invitan a meterme en la cama. Debo confesarle, con cierto pudor, que hay mañanas en las que blasfemo su nombre (ese que no me se) y maldigo su cara (que tampoco conozco). Grito con rabia su oficio hacia mis adentros (sumado a un par de insultos de los más gastados). Lo ninguneo, lo bastardeo, lo aborrezco. Para luego volverme a dormir. Por esto le pido mis más sinceras disculpas, señor afilador. Porque reconozco y ennoblezco la importancia capital de su labor cada vez que mis “Tramontina Polywood”, por usted antes afilados, hacen lo suyo con una porción de carne asada, o de pollo a la parrilla un domingo al mediodía. O cuando el filo de la tijera de metal se desliza con suavidad y eficacia por sobre una tela de jean.

Se preguntará usted qué me ha convocado a escribirle, a dirigirme a usted. Ni yo misma lo se bien. Todo esto surgió por iniciativa de la profesora de un taller de escritura creativa al cual asisto. Y al mencionar la palabra “oficio”, yo pensé inmediatamente en usted. Y esto me retrotrajo a mi infancia, y una cosa lleva a la otra, ¿vio? Lo recordé a usted que
– parafraseando a Borges – es un afilador que, en verdad y en virtud, es todos los afiladores. Porque yo lo “conozco” y, por ende, conozco a todos los afiladores del mundo. ¿Es que existen colegas suyos en países como Bélgica o India, Corea del Norte o Irlanda? No lo se. Pero usted, mi afilador, es todos los afiladores.

Y eso que jamás podría reconocerlo en una fila de hombres haciendo la cola en un banco, o entre una parva de gente que viaja amontonada en el Roca en hora pico. Jamás podría reconocerlo. Nunca jamás. Pero su voz, su llamado... eso sí, claro que sí. Y estoy convencida, déjeme decirle, que en mi casa – ya no la de mi infancia ni la actual, sino mi casa del futuro – en unos diez años quizás – o menos, eso nunca se sabe a ciencia cierta –, en esos horarios y momentos en los que uno menos lo espera, lo recibiré en el umbral, usando un delantal, las manos manchadas de harina o huevo, con la “chaira” de la abuela en mano y, finalmente (¡sí, por fin!), conoceré su cara, señor afilador.

Con respeto y cariño,

AVC